
Una sombra se mueve unos pasos más adelante. Le confirma lo que sentía, no esta sola. Podría devolverse, pero ya paso la mitad del callejón y la salida esta a unos pocos metros. Continúa caminando. Mientras se acerca a la silueta no aumenta su velocidad, la disminuye. Cuando pasa a su lado se queda quita. Voltea su cabeza con lentitud y mira a su derecha; de las sombras sale un hombre. Es un indigente. No tiene dientes y esta sucio, como muchos indigentes. Tiente el pelo blanco y enmarañado y una barba blanca ennegrecida por el mugre, como la de muchos indigentes. Se le acerca con una mueca que podría ser una sonrisa. Susana no se mueve. El se acerca más, lentamente, hasta quedar a centímetros de ella. Le huele sus hombros y su pelo. Susana no se mueve. Cuando termina está al frente de ella. Vuelve a hacer esa mueca. Susana que continua con los brazos cruzados sigue estática. De pronto, como si fuera un reflejo, descubre su mano izquierda sosteniendo un puñal y lo clava en la arteria femoral del indigente. Ve como se abren sus ojos, mientras su boca hace una mueca que podría ser de dolor. EL hombre cae arrodillado a los pies de Susana. Antes de que se desplome y con mucha rapidez, ella saca el puñal de su cuello y da un salto hacia atrás. El indigente cae disparando un chorro de sangre. Una fuente de agua roja. Susana mira todo el espectáculo. Lo disfruta. Cuando termina de desangrarse Susana decide partir. Mira al piso. Tienen gotas de sangre en sus zapatos blancos. Se molesta. Mañana tendrá que usar los azules, que no le gustan. Se acerca al hombre, lo mira detenidamente y sonríe. Esta satisfecha. Limpia el puñal en los pantalones de él y lo guarda en su saco. Continua caminando pero aun tiene frió. No debió haberse puesto falda.
